20 junio 2011

Las últimas palabras

El adios.

Como un gobernador a los pies de aquel altar, preparas las últimas palabras de tu mandato. Todo el mundo te mira y sabes que todo esto es cierto. Que cuando te imaginabas esa situación sabias que llegaría el día.
Trajeado con tu mejor camisa y corbata, con el peinado preferido de tu mujer, con las incomprensibles palabras de ánimo de tu hijo de aquella mañana y con tu mejor sonrisa, subes a aquella tribuna.
Expectantes te miran deseando que tu boca empieze a escupir palabras. Todos te miran con esas vendas colocadas en los ojos. Saben de corazón que te miran pero que no te observan. Cientos de miles de personas te miran. Nadie te observa.
"El progreso alcanzado por mi campaña ha sido espectacular. El alcance de mi influencia ha llegado a lugares inimaginables derribando los obstáculos más complejos, pero he topado con algo mas que eso. He luchado contra todo, pero esto es algo más que un simple problema matemático. Me ví rodeado de lo necesario y me ví en la ausencia de cualquier bien que pueda ayudarme a salir adelante. Por eso con mucho pesar, me alejo de todo esto. Me retiro con mi familia a un lugar donde todo esto no exista. Donde diga mi nombre y nadie me conozca. Quiero descansar en paz. Muchas gracias."
Con un ligero alzamiento de los brazos, los dejas situados a la altura del pecho, perpendiculares a ti. Como si fueras una rara especie que esta a punto de ser sacrificada para salvar a muchos. Eres lo suficientemente listo como para creer en esas cosas. Y lo suficientemente concurrente y preciso como para saber cuando retirarte.
Eres como un asesino silencioso. Situado en un pico alto, apuntando a los infelices ciegos que te miran pero no observan.
De todo esto podriamos sacar una completa filosofía, pero en vez de eso te despides. Das media vuelta y bajas de la tribuna. La gloria y el poder que tenias quedó como un fuego fatuo situado allá arriba, en un lugar en el que los ciegos puedan verlo.
Te alejas, giras una esquina y desapareces. Pero para siempre.


El despertar de la ceguera.

Como un momento desagradable que no quieres vivir pero que sabes que llegará, me preparo para ello. Sé que cualquier preparación no será suficiente y que en el momento justo la olvidaré. Como un niño pequeño o siendolo realmente, me situo tímidamente en un lugar desde el que pueda verte. Todas las demas personas tenian vendas en los ojos. No te esperaban. Estaban allí haciendome compañía. Como si la necesitara. Realmente la necesitaba.
Te observo llegar. Con el mejor aspecto posible, subes a aquella hermosa tribuna. No me ves. Empiezas a hablar. Te observo hablar. Te escucho todas esas hermosas y melancólicas palabras de despedida. No me hace falta apenarme para hacerme saber a mi mismo que soy un seguidor tuyo.
Terminas. Te despides. Te alejas. Tu rastro queda ahí. Aun puedo sentirlo. Se mantiene y todas las personas y yo nos quedamos inmóviles. Quedamos situados mirando todos y observando yo el lugar que ocupabas.
Empieza a llover. Poco a poco la gente se va yendo. Sin decir nada, se dan media vuelta y desaparecen. Quedo yo solo. Empapado y quieto. Sin mediar palabra, me coloco una venda en los ojos, me doy la vuelta y me alejo de allí. Como si aquel partido político nunca hubiera existido. Solo queda aquella tribuna mojada y el sonido de unos pasos mios que se alejan.

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